Hábitat

Hábitat, tiempo y espacio – Por Rodolfo Livingston

22 julio, 2015

Compartimos la nota de Rodolfo Livingston, publicada en la Revista Horizontes del Sur N° 2. 

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HÁBITAT, TIEMPO Y ESPACIO

Por Rodolfo Livingston

La reciente película Interestelar nos permite asomarnos –de una manera no rigurosa pero muy realista– a las relaciones entre el tiempo y el espacio descubiertas por Einstein. Un agujero negro por adentro, una hijita convertida en anciana frente a su padre joven y el “pliegue” del espacio curvo. Vale la pena.

Aquí, en la tierra, a velocidades muchísimo más modestas, el tiempo se comporta de otra manera. No ocurren esos fenómenos pero tampoco el tiempo es lineal como comúnmente se piensa ni el espacio es solo un hueco geométrico que puede ser llenado.

Los lugares, objetos y aromas envasan nuestros presentes y sin esa visualización no podríamos recordar. La enfermedad de Alzheimer –y otras conexas– empiezan con la perdida de la memoria de esos presentes, los más recientes, y sin memoria, el ser humano deja de ser. Es nadie. “Su cuerpo sigue vivo pero ella no está más”, dicen los familiares cercanos. To be, ser y estar. “Estar” porque la ubicación en el espacio se va perdiendo también. Somos nuestra memoria. No la memoria congelada de las computadoras y su misteriosa “nube”, sino la memoria cambiante a partir de los nuevos presentes desde donde recordamos.[1] Re-cordis es no solo visualizar, sino también sentir con el cordis, el corazón. Sin esa selección y sin los olvidos, la memoria no sería eficaz para seguir “estando-siendo”. El memorioso Funes de Borges no podía pensar porque recordaba todo, cada detalle. Y todo se parece a nada. Somos la memoria, dijimos, y cada vez que la recuperamos (lo hacemos todo el tiempo), necesitamos recordar el espacio. De allí la importancia de la conservación del patrimonio en la ciudad. El hábitat urbano que no debe ser sacrificado desaprensivamente en el altar del dinero, del “progreso”.

Permítaseme una exageración: si un día cortaran de raíz el Obelisco, convirtieran la Catedral en un shopping (tiene altura suficiente para varios pisos…) y la Casa de Gobierno en un estacionamiento, los porteños perderíamos la noción de donde estamos y se afectaría nuestra identidad.

Ciertos lugares, árboles, bares, monumentos, caminos, casas, nuestra casa, algunos objetos, son necesarios para mantener el hilo conductor de nuestra identidad. El exiliado extraña porque los nuevos espacios que lo rodean están fuera de sus entrañas. No importa el valor arquitectónico de los edificios sino su valor evocador. Y lo mismo pasa con los objetos: “Esta mesa, este espejo y estos cuadros guardan ecos del eco de tu voz” (del tango Ninguna, de Homero Manzi).[2]

Entonces, ¿no debemos cambiar nada? Nada de eso. Las ciudades, como las casas, mejoran con los cambios y agregados siempre y cuando estos respondan a los valores humanos más importantes de la comunidad como la memoria, la estética y las nuevas necesidades que hagan la vida más intensa y más feliz.

hds2El tiempo y la casa

Podemos imaginar el hábitat como una cebolla. Las esferas concéntricas de mayor a menor son el universo, nuestro planeta, el país, la ciudad, el barrio y nuestra casa, que es el lugar de la identidad familiar. Todas las esferas se relacionan entre sí.

Durante el transcurso del tiempo, los espacios de las casas cambian, tratando de adaptarse a los cambios en las familias: nuevos hijos, trabajo en la casa, abuelos, etcétera. La casa se comporta como el traje de la familia, y lo mismo que la ropa, debe adaptarse a los cambios en la figura (o cambiarse por otra nueva). En las facultades de arquitectura de todo el mundo los estudiantes no son entrenados para encarar estos cambios junto a las familias de modo participativo, y cuando se reciben, quedan fuera de este mercado de trabajo reservado mayoritariamente a los albañiles. Sin embargo, es mucho lo que podría mejorarse, incluso economizando dinero. En conjunto, las reformas de viviendas individuales absorben el mayor volumen de materiales y, sin embargo, el tema es invisible para la academia.

Los gobiernos encaran la construcción de viviendas populares, promoviendo conjuntos de casitas iguales que antes de un año son transformadas por sus propietarios con agregados no previstos (hasta nuevos pisos) en todo el mundo. Nuestro gobierno creó planes de crédito muy buenos (Procrear) que la gente aprecia, pero el pensamiento previo a la construcción sigue siendo estático, proponiendo proyectos tipo para las casas nuevas, como si las familias y sus historias fueran iguales. En los barrios de clase media las viviendas individuales son distintas, ¿por qué deben ser iguales las viviendas populares?

Podría objetarse que una casa hecha a la medida de cada familia no se adaptaría a otra familia en caso de venta, pero no es así porque hay previsiones que se adaptan a situaciones distintas como, por ejemplo, un cuarto con baño exento del núcleo de dormitorios (binuclearidad) puede ser un taller o negocio, la vivienda de un abuelo semiindependiente o un adolescente músico. Si esos cambios son previstos la casa crecerá con armonía, lo mismo que deseamos para las personas

Una buena propuesta sería implementar cursos teórico-prácticos para formar arquitectos de familia, una especialidad necesaria en todo el mundo.

La mudanza

Anda dando vueltas por ahí, entre la ficción (Ray Bradbury) y la NASA, el proyecto de trasladar a la humanidad a otro planeta, considerando la decadencia del nuestro provocada por nosotros mismos. Se está planeando un viaje tripulado a Marte, sin retorno. ¡Y parece que ya hay candidatos/as!

¿Reformar la casa o mudarse? Son opciones de las familias ante la necesidad de cambios. Una reforma importante (hablamos de una transformación y no de una reparación) puede costar el 50% del costo de una casa nueva. La mudanza es conveniente en algunos casos pero no lo es en la mayor parte de ellos por varias razones: 1) es altamente probable que la nueva casa necesite también una reforma (la mayor parte fueron mal reformadas, cocinas flacas y oscuras, patios techados, etcétera); 2) el cambio de barrio implicaría la modificación de varias cosas importantes como el colegio de los chicos, la plaza cercana, los abuelos que viven cerca; 3) los costos y los pequeños traumas producidos por la mudanza.

Si trasladamos las mismas opciones a nuestro planeta tierra, los inconvenientes se parecen y se agigantan. Los robots que recorren los planetas vecinos muestran imágenes de terrenos baldíos llenos de cascotes, falta de oxígeno, vientos tóxicos, temperaturas horribles… ¡Y el viaje! ¡Un viaje de años enteros usando pañales y al bajar, escafandras! En fin, un programa espantoso. Si reformar una casa permite economizar el 50% en relación a la compra de una nueva, mucho mayor sería la economía reformando nuestro planeta en lugar de mudarse.

Además, ¿qué nos garantiza que estaríamos capacitados para cuidar un planeta nuevo si no logramos hacerlo con el nuestro? ¿Hemos pensado cómo lograr ingresos económicos sin fomentar el consumismo, sin crear más y más basura, sin contaminar el agua y el aire, sin guerras genocidas? ¿Lo hemos resuelto?

La reforma de nuestro planeta podría encarase aplicando los tres principios propuestos por el médico Hipócrates frente a la enfermedad:

  1. No dañar (no seguir dañando, sería en este caso).
  2. Aliviar.
  3. Tratar de curar.

Este último punto implicaría imaginar paradigmas de relaciones humanas económicas, políticas y sociales diferentes a lo que conocemos. O aun prescindir de la economía y la producción, inventando otros modelos desconocidos hasta hoy. Nada fácil, porque los futuros se generan en el pasado. Pero el ser humano es capaz de todo, de destruir y de crear.

Si el encuentro de los blancos europeos con los pueblos originarios de América y de otros continentes hubiera sido una nueva síntesis de culturas, seleccionando lo mejor de cada una en lugar del aplastamiento penoso de los pueblos colonizados, como ocurrió, quién sabe cuál podría haber sido nuestro destino. La ciencia, la técnica y la industria, ensambladas con el amor a la naturaleza, la tierra, la Pachamama venerada en lugar de convertirla en una vulgar mercancía a tanto por metro cuadrado. Los ríos con peces y botes, no tapados con cemento (el Maldonado, en Buenos Aires). De hecho, algo está sucediendo. Comienza el respeto por aquellas culturas, por su medicina, su arte, sus tradiciones. Hay un caso en que los descendientes de aquellos pueblos que sufrieron la depredación de los “conquistadores” blancos tomaron el poder: Evo Morales en Bolivia.

El espacio y el tiempo en la literatura

Sumados a los científicos y a los escritores de ficción, resultan muy interesantes los conceptos del espacio-tiempo de muchos escritores, como Julio Cortázar, por ejemplo. En su libro Los astronautas de la cosmopista, Cortázar y su mujer, Carol Dunlop, se propusieron, como una aventura, recorrer el trayecto París-Marsella parando en todos los paradores (playas de cemento vacías).Tardaron 33 días en un viaje que habitualmente se hace en cinco horas. La imaginación, el humor y el amor transforman los espacios. El libro está subtitulado “Un viaje atemporal París-Marsella”. Ellos hablan de “la otra” autopista, que es la misma. Los viajeros “normales” la recorren ida y vuelta, sin entender a esa pareja que encuentran una y otra vez en distintos puntos del camino. Cuando se detienen, llaman con ansiedad a sus hijos con la bocina de sus autos tratando de abreviar al máximo el tiempo “perdido”, un tiempo que los Cortázar ven pasar lentamente, reclinados en sus reposeras (“los horrores floridos”), mirando jugar la luz del sol en las hojas de los árboles, riendo y descubriendo bichitos que trepan por los troncos.

También perciben de modo especial la pequeña altura sobre la cama del Fafner, una camioneta del largo de un auto común. Una noche entran por la ventana las luces de los camiones que pasaban rugiendo. Imaginan entonces que son ojos de dragones, empiezan a acariciarse y la situación que para la mayoría sería incómoda (¿quien invitaría a una mujer a semejante programa?) se transforma en un bello relato erótico. El espacio y el tiempo así percibidos son un aprendizaje para quienes ven en un hotel cinco estrellas en Cancún (all inclusive) la mejor opción que puede elegirse para sentirse feliz.

La eternidad es, para Borges, la profundidad de un instante. Pienso en el beso a una mujer amada. Cerramos los ojos y no hay más espacio percibido, ni tiempo. Supongo que eso es lo que quiso decir Borges.

Para Martín Fierro, en la payada con el moreno, “el tiempo es la tardanza de lo que está por venir”. Y para los famosos perros que quedaron años y años esperando a su amo muerto,[3] el tiempo no existe. Quedaron dolorosamente encerrados en un presente que nunca pudieron convertir en pasado.

Un caso parecido, esta vez con un ser humano como protagonista, es el film El día de la marmota, muy interesante como lección de vida.

hds2bLos mejores hallazgos sobre el tiempo y el espacio en relación con la vida humana, con lo que llamamos “realidad”, según mi opinión personal, no se encuentran en Heidegeer, considerado por muchos como el máximo filósofo del siglo XX, sino en Alfredo Moffat,[4] un filósofo argentino disfrazado de psicólogo –un psicólogo original y realista–, concentrado en el amor a los pobres y en las víctimas de catástrofes. Su enorme experiencia en la enfermedad mental es fuente de conclusiones muy profundas y muy claras. Los conocimientos sobre fisiología comenzaron también con la patología, nos recuerda. Para él, la causa principal de la enfermedad mental radica en una fractura en la percepción del tiempo y no en la sexualidad reprimida, como sostenía Freud.

Espacios chicos, tiempos largos

Me vienen a la memoria los grandes hombres que no solo han sobrevivido durante años, torturados en muchos casos, en celdas minúsculas, sino que además pensaron, crearon poemas, planificaron un futuro para el país. Nelson Mandela es uno de ellos y no quiero seguir recordándolos por el riesgo de olvidar alguno de estos seres admirables.

Un castigo en las dictaduras consiste en alterar el horario de las miserables comidas y del sueño, interrumpido con sadismo. Se desorganiza el tiempo, que es el alojamiento de la identidad.

El extremo de esta tortura en la peor dictadura argentina (1976-1983) es la capucha, la desaparición del espacio y del tiempo al romperle al prisionero todos los ritmos del tiempo: día- noche, comidas, etc. ¿Cómo mantener los vínculos con el mundo, con uno mismo? Sólo la mente lo hace posible.

El extremo opuesto del encierro es vivir afuera siempre, sin adentro. Es el caso de los homeless, que a falta de casa quedan también encerrados; encerrados en el afuera. Estas dos categorías, afuera y adentro, son necesarias, por eso las casas con patio, terrazas, jardines o portales vinculados a la calle son mucho mejores que un departamento sin afuera.

Existen situaciones de espacios reducidos, elegidos voluntariamente, como es el caso de los navegantes solitarios. Cruzan el océano en pequeños veleros o en un miserable rancho de un metro y medio de altura y diez metros cuadrados de superficie, amarrado con tientos a una balsa hecha con troncos, sin timón: la increíble expedición Atlantis dirigida por el abogado Alfredo Barragán[5] con cinco amigos: cruzó el atlántico en 52 días en el año 1984.

El camping consiste muchas veces en tomar vacaciones abandonando una cómoda vivienda para dormir en el suelo, bajo una lona, con el baño a una cuadra. Es cierto que se trata de viviendas provisorias. Lo que transforma el valor de estos espacios es la actitud, el proyecto de futuro, es decir, la mente. Claro que, en el caso de los navegantes y también de Cortázar, los pequeños “adentros” se complementan con grandes “afueras”, lo que no sucede en la prisión, por supuesto.[6]

El ritmo del tiempo

Imaginamos al tiempo transcurriendo de modo uniforme como los relojes, esperando “ser llenado” por nosotros, pero el tiempo como organizador de la vida humana se comporta de modo distinto según nuestra actitud. Necesitamos ritmos: otra vez será lunes, otra vez vendrá la noche y la mañana. Pero nos impresiona el cambio de año porque nos trae a la mente la brevedad de la vida; por eso tiramos cohetes, tomamos alcohol y nos preocupamos un poco, sostiene Moffat.

El Nautilus, primer submarino nuclear, cruzó el Polo Norte (que no es un continente como la Antártida) por debajo de los hielos en 1958. A diferencia de los submarinos anteriores, el Nautilus contaba con salas de descanso, de cine y otros ambientes. Fue necesario reproducir los ciclos día-noche y se hizo alternando luces azuladas y rojizas.

“¿Qué pasa cuando no hay trabajo?”, se pregunta Moffat y responde: “No es el dinero lo único ni lo más importante que se pierde, sino la organización del tiempo y los vínculos sociales, por eso el desocupado vuelve al sentimiento de paralización del enfermo mental”.[7]

El tiempo en los sueños, en la guerra, en los aviones y en los hospitales, es una de las cuestiones que no caben en esta nota. Por suerte, porque hasta el momento desconozco muchas respuestas y dudo de otras.

Además, se me hace tarde.


[1] “La vida no es lo que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, Vivir para contarla, Gabriel García Márquez.

[2] Las letras de los tangos recrean espacios con el agregado de los sentimientos, y es así como percibimos y como recordamos.

[3] El más conocido es el perro japonés Hachico (1923-1935), que inspiró la película con Richard Gere como protagonista. El perro lo esperó en la estación de tren todos los días a la misma hora durante nueve años, hasta su muerte. Hubieron más casos en otros países y en el nuestro, como el perro Sargento, de asombroso comportamiento, relatado por Eduardo Gutiérrez en su libro Croquis y siluetas militares.

[4] La obra completa de Alfredo Moffat puede encontrarse en internet: <www.mofatt.com.ar>.

[5] La expedición Atlantis fue cuidadosamente preparada. Barragán es abogado, no un aventurero –según él– sino un expedicionario. Reside en la ciudad de Dolores, en la provincia de Buenos Aires.

[6] Marcos Ana (95), preso por el franquismo durante 22 años, se hizo poeta en la cárcel: “decidme cómo es el beso de una mujer… dadme el nombre del amor, no lo recuerdo, decidme como es un árbol, el canto de un río…”.

[7] De su último libro Psicoterapia existencial, capítulo “El tiempo”.