Gobierno y Participación

El Kirchnerismo que viene – Por Martín Sabbatella

15 noviembre, 2014

Compartimos la nota de Martín Sabbatella, publicada en la Revista Horizontes del Sur N° 1. 

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EL KIRCHNERISMO QUE VIENE

Por Martín Sabbatella

Si se detiene la atención en el presente político del país, lo primero que salta a la luz es que no existe un colectivo militante con la organización, la identidad ideológica, la acción territorial y la incidencia institucional que se parezca siquiera a la construida por el kirchnerismo. La extensión y fortaleza de las fuerzas comprometidas con la defensa y continuidad del proyecto nacional y popular, conducidas y conmovidas por la presidenta Cristina Kirchner, no se compara con las que han podido desarrollar en esta etapa democrática otras organizaciones o espacios partidarios. Ni siquiera quienes exhiben candidatos presidenciales con buena intención de voto han logrado sustanciar o al menos insinuar un activo militante del volumen y la densidad como el generado y movilizado por el kirchnerismo a partir de 2003. Algunos de esos espacios no tienen posibilidades de generarlo; otros no lo harán porque su política es la antipolítica y el desprecio a la militancia.

La incapacidad de entender este fenómeno de participación política puesto en valor y en acción por Néstor y Cristina es uno de los grandes déficits de las oposiciones mediáticas, económicas y políticas (según el orden de incidencia que tienen en la sociedad) y, posiblemente, una de nuestras principales ventajas. Eso que algunos medios de comunicación desacreditan como “clientela” o “patotas” no es sino la expresión de una juventud –contemporánea y debutante en la escena política, pero también pretérita y vuelta a ilusionar– que se enamoró de la actividad política al descubrir que esta, lejos de ser el corral de la prebenda, la mentira y la especulación individual, es el terreno abierto en el que es posible consagrar los derechos de las grandes mayorías populares. Compromiso que quedó visibilizado en los varios actos que realizamos las distintas organizaciones kirchneristas.

Tras una larga y fría noche neoliberal en la que la Democracia se empañó con la frivolidad, la corrupción y el desamparo, Néstor Kirchner puso el cuerpo para sacar al pueblo argentino del barro de la pobreza, el desempleo y la desintegración y demostrar que nuestra Patria puede estar de pie, soberana, independiente, desarrollada, inclusiva, integrada y democrática. Es en esa decisión política transformadora, que enterró la cultura de la resignación, en la que hay que encontrar la chispa que encendió la pasión de cientos de miles de compañeros y compañeras en todo el país, y que hoy arde con la potencia que le inflama el coraje de Cristina.

Abstraer este activo militante –el que está en los barrios codo a codo con los más pobres, el que sale a la calle a defender lo conseguido o el que interpela al Pueblo a ir por más en todos los rincones de la Patria– de lo que ocurre en el seno de la sociedad y sobre todo entre los trabajadores y trabajadoras, es otro de los enormes deméritos que nos regala la oposición. En lugar de comprender que nos motiva un entusiasmo arraigado en una parte mucho más grande de la sociedad, los opositores borrachos de soberbia prefieren convencerse de que están ante una especie de milicia alienada, cuyo incentivo es obtener beneficios personales a partir de la administración circunstancial del Estado. En su lógica, la militancia kirchnerista se escurrirá por las rejillas del Patio de las Palmeras, a más tardar, el 10 de diciembre de 2015, cuando Cristina deje el sillón de Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón, Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner, para que lo ocupe quien haya sido electo por la sociedad. En nuestra lógica, Cristina deja de ser presidenta pero no deja de ser la líder del proyecto que fundó junto a Néstor y que tiene, en el protagonismo de la militancia, uno de sus rasgos constitutivos.

10689787_678707162227295_9159074696062411681_nPalabra política y tradiciones

Interpretar a nuestra militancia como producto derivado de la satisfacción de materialidades puramente individuales o desencajarla del contexto social del que emerge, es propio de una concepción reaccionaria y antipolítica. Pero no es el único error que repiten muchos opositores al kirchnerismo (la derecha explícita, la derecha edulcorada o la derecha progresista). Además, ignoran la fibra histórica que han logrado tocar Néstor y Cristina con sus audaces acciones de Gobierno y con las referencias y el modo de su apelación discursiva; es decir, con su palabra política. No es raro que los sectores reaccionarios desconozcan este vínculo emocional que reconstruye el kirchnerismo a través de la palabra política, porque para ellos esta no es más que una cáscara vacía capaz de ser llenada con cualquier sentido y cuya única utilidad es la de obtener simpatías electorales. El desprecio a los discursos intensos y profundos de la presidenta o a los maravillosos intercambios que realiza con la juventud desde los balcones internos de la Rosada, son una muestra clara del malestar que les genera percibir esa cáscara llena de ideología y sentimiento sinceros, a sus ojos, insustanciales.

Una porción grande de la sociedad y, por supuesto, quienes abrazamos la militancia desde hace décadas nos sentimos interpelados y convocados a ser parte de este proyecto político, cultural, económico y social que es el kirchnerismo, porque entendemos que el presente amalgama, sintetiza, resume y expresa gran parte de las mejores tradiciones populares de Argentina y el continente. En palabras y en políticas públicas concretas y cotidianas, este proyecto político ha logrado conjugar lo mejor de los procesos emancipatorios y los gritos libertarios de América Latina, del yrigoyenismo, del peronismo, de la izquierda, de los sueños rebeldes de los 60 y los 70, de la resistencia a la dictadura, del reverdecer democrático, la resistencia a los 90 y las movilizaciones populares de 2001. Además, el kirchnerismo ha puesto esa apelación a la historia en una perspectiva de ideales y de futuro.

La reivindicación de las luchas independentistas, el festejo del Bicentenario o el recordatorio de la Vuelta de Obligado, por ejemplo, adquieren una potencia de gran proporción cuando se dan en sintonía con la integración regional, la defensa de la soberanía territorial y económica, la ruptura de los lazos condicionantes que ataron al país con los organismos de financiamiento internacional o la actual batalla contra los fondos buitres, sus servidores judiciales y sus voceros internos.

El reconocimiento a quienes, a principios del siglo pasado, construyeron las bases de la democracia y lucharon por la consagración de derechos civiles, se revitaliza en esta década con el fortalecimiento de las instituciones de la República o la aprobación de normas que condenan cualquier tipo de discriminación y violencia contra las minorías y garantizan la inclusión y la igualdad de todos y todas.

El desarrollo de la infraestructura y la industria nacional, así como el crecimiento autónomo, inclusivo y distributivo, mediante la generación de fuentes de trabajo y la conquista de derechos laborales, que fueran baluartes de los gobiernos de Perón y pilares de su movimiento político y social, son sin dudas el principal rasgo de identidad de este presente, en el que millones de trabajadores recuperaron el empleo, se garantizó la casi plena inclusión previsional, se aumentó la presión fiscal hacia los sectores más concentrados de la economía, se reactivó la obra pública de infraestructura sanitaria, vial, de energía o de viviendas, y se reabrieron fábricas y parques industriales en todo el país.

Del mismo modo, el mejor homenaje a las víctimas de la proscripción y la represión, habitualmente rememoradas en discursos y celebraciones, es la concreción de los sueños de Justicia, de Libertad de aquellos luchadores y luchadoras, así como la consagración de los derechos avasallados por los genocidas, la reapertura de las causas por delitos de lesa humanidad, la creación de espacios de la Memoria o el impulso a la búsqueda de los nietos y nietas apropiados durante la dictadura cívico-militar.

Asimismo, la participación ciudadana en los asuntos públicos, la movilización social y la consolidación de los resortes democráticos y los espacios de representación políticas que fueron las banderas más fuertes tras la salida de la oscura noche de tortura, miedo, desaparición y muerte, se ven consagradas hoy en un protagonismo popular enorme, en el ejercicio constante y sin condicionamientos de todas las libertades constitucionales, en el funcionamiento pleno de las instituciones y en el intenso y enriquecedor debate público y parlamentario.

Desde dónde y hacia dónde

Todos estos avances logrados por el kirchnerismo en una década –tanto en lo que hace a la recuperación de los derechos que habían sido avasallados, como en la concreción de lo que fuera soñado por generaciones pero no había logrado alcanzarse–, se produjeron inmediatamente después de que el país cayera en un abismo enorme de desilusión, corrupción y violencia, en el medio de una crisis económica en la cual uno de cada tres trabajadores estaban desocupados y la mitad de los argentinos y argentinas no superaban la línea de pobreza. Es necesario repasarlo, porque el futuro habita en la memoria.

horizontes2El establishment económico, aquel que durante el siglo XX había impuesto a punta de pistola a gobernantes fraudulentos y dictadores que ejecutaron desde el Estado políticas a favor de la concentración de la riqueza y exclusión social, cerró el milenio con una panzada de acumulación obscena servida por dos mandatarios constitucionales: Carlos Menem y Fernando De la Rúa. Las diez recomendaciones que en 1989 el economista John Williamson extrajo de la cabeza y los balances contables de los poderes económicos y políticos estadounidenses para elaborar el borrador del llamado Consenso de Washington fueron aplicadas con empeño y audacia tanto en nuestro país como en casi toda América Latina. El enriquecimiento de unos pocos se correspondió con el derrumbe de una sociedad que tardó en comprobar que la exuberancia de los de arriba no iba a derramarse nunca, menos aún desde las copas con champán con las que festejaban la ruina del pueblo trabajador.

La democracia, que tanto había costado conseguir, se mostró cruel y condescendiente de la mano de esos gobiernos que terminaron el festín neoliberal con casi 40 muertos en las calles y millones de desocupados, pobres y hambrientos en todos los rincones de la patria.

De ese país incendiado y escéptico surgió una verdadera alternativa política, económica, social y cultural; un proyecto que hizo propias las luchas de los movimientos populares y se erigió en un proceso transformador, rupturista, nacional, popular y profundamente democrático. Muy pronto, la promesa de no dejar las convicciones en la puerta de la Casa Rosada, que podría haber sido el prólogo demagógico de una nueva frustración, se volvió alegría y esperanza para las mayorías populares y, al mismo tiempo, odio e impotencia para las minorías que habían especulado con volver a tener un servidor en Balcarce 50.

Tras once años de gobierno, el kirchnerismo es mucho más que tres mandatos en el Estado nacional. Es un inmenso colectivo militante, diverso y plural, pero sobre todo es el nombre de una identidad que llegó para quedarse, una identidad fundante de un nuevo momento histórico en el país. Es el nombre de la esperanza por un país más justo y soberano, y el nombre del camino que recorremos para alcanzarlo. Un proceso político, social, económico y cultural, iniciado por Néstor y liderado por Cristina, que dialoga y se nutre con lo mejor de la historia nacional y latinoamericana; que recupera, actualiza y consagra conquistas sociales enterradas por quienes gerenciaron en el Estado el poder privado y que instaura nuevos derechos, poniéndose a la vanguardia regional en la generación de una sociedad más integrada, solidaria y democrática; que motoriza el avance del proceso de integración de nuestra Patria Grande (con algunos de sus principales miembros atravesando procesos eleccionarios tan cruciales como el que se avecina en nuestro país) y que, en diálogo con otros bloques de poder emergentes, genera caminos alternativos en un mundo cuya unipolaridad está como mínimo en crisis.

Desde el establishment económico aspiran a erigir otra variante política similar a las que lograron imponer en la última década del siglo XX. Se ilusionan con un próximo presidente aggiornado, moderno, desapasionado, racional, dotado de la moderación que no encontraron en Néstor ni Cristina, que les reabra las puertas del Estado para reducir la inversión pública, enfriar el consumo, desregular sus negocios, atraer inversiones vía endeudamiento y dar rienda suelta al resto de las estrategias que aplicaron y recomiendan desde las usinas internas y externas del pensamiento ortodoxo. Son los derrotados de la década y anhelan, sirviéndose de medios y dirigentes cómplices, poder recuperar el tiempo y el dinero perdido.

La desmemoria es su recurso para regresar, es la condición que necesitan para el retorno, para que eso que desean y pronostican se vuelva realidad. Hubieran preferido que el kirchnerismo no naciera. Pero como nació, lo que buscan es clausurarlo definitivamente; que haya sido, para ellos, un mal trago de la historia, y para nosotros, algo positivo guardado en la memoria.

El carácter fundacional del kirchnerismo está en debate. Para nosotros, este proceso que nació de las entrañas del peronismo y su historia, que lo representa y lo continúa, rompió a la vez sus fronteras para representar también otras historias y tradiciones políticas, sociales y culturales. Al hacerlo, parió una nueva identidad.

Para otros, en cambio, lo ocurrido en estos años fue un momento y punto, un segmento, temporal en el que el péndulo del PJ se recostó del lado izquierdo del reloj de la historia. Esta última mirada, la que ubica al kirchnerismo como una identidad transitoria, se encuentra presente tanto entre los que están enfrentados a de nuestro gobierno, como en algunos sectores partícipes de lo que ocurre desde hace 11 años.

A diferencia de otras identidades políticas, que explican mucho en términos históricos –algunas de ellas responsables de los capítulos más interesantes de nuestra historia– pero que en su nombre y con el correr de los años han afirmado cosas absolutamente distintas, el kirchnerismo expresa hoy con claridad una forma de entender el Estado, lo público, el desarrollo, la igualdad, los derechos humanos, la soberanía, la justicia, la sociedad, la integración en el mundo, etcétera. Hoy, cuando alguien se define kirchnerista se sabe con precisión de qué se trata. Y eso, lamentablemente, no ocurre con otras identidades populares, cuyas principales banderas fueron recogidas en este presente. Hoy no hay nada más peronista que ser kirchnerista, porque el kirchnerismo es el peronismo del siglo XXI; como tampoco hay nada más yrigoyenista que ser parte de este proyecto, ni nada más de izquierda que ser K, porque a la izquierda de Cristina está la pared. El kirchnerismo expresa la continuidad de la potencia plebeya de los movimientos populares de nuestra historia y es el nombre del pensamiento nacional, popular y democrático del siglo XXI.

horizontes1Que la profecía reaccionaria del fin de ciclo no se vuelva realidad también depende de nosotros. Un proyecto económico, social y cultural de la dimensión y la profundidad que tiene el kirchnerismo, necesita estructurar y contener en un espacio común y organizado esos rasgos identitarios, para seguir representando la defensa y los destinos de los intereses populares por los próximos largos años.

Contamos con excelentes condiciones para vertebrar y fortalecer esta identidad, este ser kirchnerista. Tenemos viva la memoria de nuestros mejores cuadros, la de los compañeros y compañeras que soñaron una sociedad justa, libre, igualitaria y la de Néstor Kirchner, que transformó esos sueños en realidad. Tenemos a la dirigente política más capaz y con más coraje, llevando adelante una gestión transformadora y avanzando cada día más y más, a pesar de las durísimas resistencias que intentan imponerle quienes perdieron privilegios. Tenemos una gran parte de la sociedad que no quiere retroceder y abraza el nuevo piso de dignidad construido. Y tenemos, además, a la militancia más maravillosa y comprometida, dispuesta a cerrarle el paso a quienes quieren retroceder, defendiendo en la calle, en los barrios, en las escuelas o en las fábricas este presente de derechos para todos y todas.

A la par de fortalecer este proceso, nuestra tarea militante consiste en unir y organizar a esas miles y miles de personas que esta identidad volvió a enamorar, construir esa gran fuerza política, social y cultural, para anclar territorial y socialmente el kirchnerismo y el liderazgo de Cristina en cada rincón de la Patria. De eso se trata, de construir la dimensión fundacional del kirchnerismo.